miércoles, abril 15, 2009

La que nunca existió

Hay cosas que es mejor callar, no por no saber cómo decirlas o porque el lenguaje se quede corto, sino más bien por lo fácil que es engañar y engañarse melancólicamente. Paso revista a estos textos de hace años y siento cómo la marea vuelve diferente y llena de tristezas. Como si verte desnuda fuese más bien un signo de mi fracaso. Como si al recordar tu cuerpo y nuestros abrazos mojados hoy pudiese hacer algo por rescatarme a esta trágica melancolía en que no hay pornografía que me salve. He visto tu sombra en tantas mujeres y he recibido tantas ofrendas equivocadas que no puedo sino tildarme de un imbécil romántico de mierda. Puede que no tener sexo por más de un mes me haga volverme alguien cada vez más rabioso, puede ser que el desamor me seque y me hiera. Puede ser que no estoy hecho para la jaula, puede ser que nunca estuviste, nunca fuiste ni exististe para mí y mientras lo escribo me doy cuenta que quizás no estás en ningún lugar, así como yo tampoco estoy en la agenda de ninguna como tú, a la que le he escrito todo lo que he escrito. Deseo saber si alguna vez me tope contigo y sencillamente no fue posible cerrar la puerta por dentro, ver el bosque en el contorno de tu sonrisa. Deseo saber si esta charla ciega, sorda, monologal alguna vez tuvo espacio en tu camino, si existió ese camino, si desnudando nuestras vidas hubiésemos llegado a la desnudez del cuerpo y del alma. Si la trampa del sexo, del deseo, de la saliva, el semen y el sudor no era más que otro lenguaje de lo que hubiésemos podido hacer juntos, si hubieras sonreído en mitad de un orgasmo, si hubieras detenido un segundo tu vida para decirme que estabas agradecida de haberme encontrado, de que yo también haya existido, Desearía saber si alguna vez habitaste entre mis brazos, si alguna vez toque tu piel, si incluso pude haber compartido mis hijos contigo. ¿Existes, exististe? La sospecha de que estoy llegando a la costa y de que es inútil intentar seguir a menos que me pierda en el mar es terrible. Desnudo, con el pene fláccido, con los dedos morados de frío, con la cara agrietada de andar bajo un sol inclemente, con una foto tuya en la que no reconozco tu rostro, con mi mochila llena de lo que no soy, de lo que no deseo ser más. Mi única certeza es mi soledad. Te cobro no existir. Te cobro la certeza de que todo este tiempo me equivoqué de hambre, de que si pasaste por mi vida no te supe ver a tiempo, o de que tal vez no es esta vida la vida para hallarte. Preguntas y declaraciones sin sentido, que ha sido dulce desoír mientras no ha faltado el abrazo caluroso de algún cuerpo disponible, mientras he creído adivinarte entre sábanas manchadas, en besos frenéticos y en caricias hirientes. Mi hambre me devora y siento estar quedando vacío, reseco y agónico tan sólo al pensar que no era este el tiempo de hallarte y sentir al fin, mierda, de una buena vez que podíamos calzar. Piezas extraviadas de un rompecabezas de sensualidades, sexualidades, diálogos y juegos. Deseo tener la oportunidad de hallarte alguna vez y decirte lo mucho que te hubiese amado si hubiéramos existido en el mismo universo, en la misma cama, en el mismo tiempo. Mi cuerpo desnudo no desea ahora la sagrada cabalgata, desea lo que debiera haber sido antes y después: una tierna conversación de almas que buscan consuelo, perdón, reconocimiento, comedia y placer.
Te escribo esto porque tengo miedo de nunca haber llegado a conocerte y de haber estafado a todas las mujeres que me amaron o desearon. Te escribo porque estoy extraviado y no quiero ya mirar más el mapa, ni el horizonte, ni mis recuerdos. Duelen.

jueves, junio 22, 2006

Frio

Uno puede empezar por recordar como las manos se empezaban a calentar en contacto con la piel, bajo la ropa, entre las piernas, entre las nalgas, tus nalgas. Como un dedo era una sorpresa helada cogiendo el ansioso trozo de carne inflada dentro de mi pantalón. Tus manos, tus pies helados exigían chimeneas y estufas, salamandras al rojo y humildes mecheros a parafina, a pesar de que los latidos, las respiraciones húmedas y calientes no tardaban en aportar lo necesario para el olvido, la amnesia y el instinto.
Una habitación bien caliente y tus piernas finas bien abiertas, de que otra forma podría describirse mi inmersión devota y furiosa en tus olores asustados del frio, había que allegarse al fuego, besarse quemándose el culo, arrodillarse en la luz naranja que titilaba tus labios mojados abiertos, lamiéndose el salado dulce de invierno que te ofrecía.
Uno puede empezar recordando una lengua dormida entre tus piernas y los dedos fríos, porfiados, intentando calentarse a pura sangre.

jueves, junio 15, 2006

Ya no

Esta es para ti. Porque ya no me enamoro más, porque después de acariciar desde lejos, en mi cabeza descompuesta, la forma delicada de tu espalda, el calor suave de tus dedos intrusos que se pasean por mis manos, ya no me enamoro más. Después de orgasmos y quejidos, no se donde deseo estar. Y no eres tú. No entiendo las exigencias del deseo, no entiendo que un hombre cualquiera abandone una mujer cualquiera por el suave y excitante sexo de otra, por un culo o una chupada gloriosa.
Sencillamente no quiero ir a ningún lugar que no sea el dulce abandono del sexo consumado. Mira, estoy en mi oficina, solo oyendo una de Lennon y no hay deseo, no hay más que frío y ruido de autos. Hoy te sentaste frente a mi, toda hermosa y sonriente, y nada. No deseo nada. Anteayer me hablaste con una mano sobre mi pecho y nada. Quizás me gustas y quizás ciertos días te desee, pero amor, no hay amor. Quizás nunca hubo más que una absurda calentura. Porque la piel asomada de tu cintura o tus manos finas, tu espalda subiendo la escala eran fotográficas.
Yo no soy más que esta fría estatua de semen que se deshace bajo la lluvia negra de Satiago. No puedo ni se enamorarme. Otra cosa es este pene que duerme, no hay otra cosa que ofrecerte. Ya no.

viernes, marzo 03, 2006

Si fuera posible

...devolverse, decir que si y cruzar esa puerta quizás me curaría en salud besándote las rodillas asomaditas en la falda, descorriendo la tela hasta llegar al borde del encaje y sospechar el olor húmedo, agarrarlo con la lengua, llevarlo a tus labios, con las manos sujetas de cualquier curva de piel suave, con la nariz ahogada de tus diferentes olores, de tu respiración con olor a ciruelas, de tu espalda de manzanilla o tus pliegues mojados. Perderme ahí sería mi salvación. Enarbolarme para unir tu cuerpo, tu boca, tus nalgas, tus piernas, tus pechos alertas con mis apetitos, mi rendición, mi pene, mi lengua, mis dedos, mi respiración de tierra mojada sería una forma de encontrar un hiato en esta retahila de mentiras que nos ha separado. Si fuera posible y otras vidas fueran las nuestras caminaríamos juntos, desnudos y quizás con hijos, lamiendo nuestros sabores más que porque la hormona manda porque alguna vez pudimos ser el uno para el otro, una para el otro, uno para la otra. La que se desprendiera de esa incómoda ropa interior y de rodillas y con las comisuras abiertas llamara los borbotones a su boca, para inventar besos ligosos de semen y lágrimas, la que cómplice gimiera de verdadero placer, de puro y desinteresado placer perverso y carnal.

miércoles, febrero 15, 2006

Espalda

Algo en sus movimientos me atrae como ninguna otra, su espalda con ligeros vellos morenos cerca de las nalgas, las nalgas naturalmente que crecen hacia abajo, ciertas líneas que se deslizan por su columna arriba y abajo, bajar desde sus hombros con la lengua, moldear con los dedos el ancho de la cintura que crece más abajo, separar las piernas, saludar la sombrita de su culo color canela, aspirar el pescadito remolón que palpita bajo la presión de mi nariz. Hundir un pulgar, sacar la raíz del asunto, hacer lo que hay que hacer, zambullirse en su espalda, en su olor a manzanilla...

domingo, febrero 12, 2006

La sequía

Esta sequía lleva mucho tiempo, eso es malo porque no consigo más que recordar tonteras. Y dele con el calzón metido en la raja, dele con la cremita en el sauna del motel, la transpiración y el chupeteo goloso. Dele con el sabor de uno y otro sexo más o menos peludo, los escupos llenos de pelo, las piernas con más o menos granitos, el agujero más o menos suave, la mayor o menor técnica al succionar, las paredes más o menos estrechas, pero puros recuerdos ya opacos. Las cosas que no te pedí, las cosas que no quise hacer por ti, tu mano en mi pedazo de carne, mis dedos en todos tus orificios.
No se que me pasa. Se me confunden los olores, las formas, las caras, los besos. Creo que ya no soy yo y tú ya no eres tú, ¿serán los años?...

jueves, enero 12, 2006

Entero

Me pasa que recordar es un remo que empuja este bote para cualquier lado, generalmente para el lado de los cuerpos, las pieles y los placeres. Entonces qué puedo hacer cuando lo natural es volver a verte, con ese aire naif, despreocupado y un poco al lote que siempre te gustó cultivar, verte sacándote la blusa o la falda y acercándote hacia mí que estaba recostado y desnudo, o vestido e impaciente, pero de todas formas esperando la sorpresa del día, el costado desconocido, la palabra que me traerías a colación en medio de los besos o de las succiones y lamidas que por cierto corrían por todos lados y completamente entusiásticas.
Son tantos los recuerdos que se confunden entre sí, entonces me concentro en algún detalle, en aquella cabalgata en la cocina, en tu boca entreabierta y rellena de dieciocho centímetros palpitantes, en tus ojos entrecerrados mientras mis manos acogían tus caderas suaves y mi lengua saboreaba la delicada sombra oscura de tu entrepierna, las palabras poco delicadas, quiero metértelo entero y luego tu arcada, la boca ligosa y de nuevo, entero pero entre las nalgas imposibles, pero si finalmente entero una vez que te incorporaste y dándome la espalda bailamos el baile eterno mirando hacia la ventana. Me pediste que repitiera las palabras, dímelo de nuevo, que te lo voy a meter entero, y dedos y bocas se disolvían en besos y penetraciones orales, anales, vaginales.
Cómo termino de explicarte que no hay palabras para describir lo que me queda de ti y de tu entusiasmo de mina loca y algo pendeja. Difícil describir tu enojo cariñoso a causa del estallido de semen que te atragantó por quererlo entero, entero donde no había espacio para ambas cosas. Tu pelo corto, tu cuello delicado, tus aros que se balanceaban al compás de mis empujones, esos preciosos pezones oscuros que pasaban por mis labios al ir en busca de los jugos automáticos y abundantes que lubricaban besos y zambullidas, por donde lenguas, dedos, penes y narices transitaban en trance y tu cara de mina caliente todavía me hace sonreír en este verano casi monástico.
Te dejo con esta postal, ese anochecer mirando por mi ventana en que el dibujo sagrado de tus nalgas y tus caderas se ha quedado tatuado en mi memoria, un lento deslizarse de tu espalda sobre mí, tus piernas separadas, mi pene hurgueteando el camino, tu figura, qué ganas...