La que nunca existió
Hay cosas que es mejor callar, no por no saber cómo decirlas o porque el lenguaje se quede corto, sino más bien por lo fácil que es engañar y engañarse melancólicamente. Paso revista a estos textos de hace años y siento cómo la marea vuelve diferente y llena de tristezas. Como si verte desnuda fuese más bien un signo de mi fracaso. Como si al recordar tu cuerpo y nuestros abrazos mojados hoy pudiese hacer algo por rescatarme a esta trágica melancolía en que no hay pornografía que me salve. He visto tu sombra en tantas mujeres y he recibido tantas ofrendas equivocadas que no puedo sino tildarme de un imbécil romántico de mierda. Puede que no tener sexo por más de un mes me haga volverme alguien cada vez más rabioso, puede ser que el desamor me seque y me hiera. Puede ser que no estoy hecho para la jaula, puede ser que nunca estuviste, nunca fuiste ni exististe para mí y mientras lo escribo me doy cuenta que quizás no estás en ningún lugar, así como yo tampoco estoy en la agenda de ninguna como tú, a la que le he escrito todo lo que he escrito. Deseo saber si alguna vez me tope contigo y sencillamente no fue posible cerrar la puerta por dentro, ver el bosque en el contorno de tu sonrisa. Deseo saber si esta charla ciega, sorda, monologal alguna vez tuvo espacio en tu camino, si existió ese camino, si desnudando nuestras vidas hubiésemos llegado a la desnudez del cuerpo y del alma. Si la trampa del sexo, del deseo, de la saliva, el semen y el sudor no era más que otro lenguaje de lo que hubiésemos podido hacer juntos, si hubieras sonreído en mitad de un orgasmo, si hubieras detenido un segundo tu vida para decirme que estabas agradecida de haberme encontrado, de que yo también haya existido, Desearía saber si alguna vez habitaste entre mis brazos, si alguna vez toque tu piel, si incluso pude haber compartido mis hijos contigo. ¿Existes, exististe? La sospecha de que estoy llegando a la costa y de que es inútil intentar seguir a menos que me pierda en el mar es terrible. Desnudo, con el pene fláccido, con los dedos morados de frío, con la cara agrietada de andar bajo un sol inclemente, con una foto tuya en la que no reconozco tu rostro, con mi mochila llena de lo que no soy, de lo que no deseo ser más. Mi única certeza es mi soledad. Te cobro no existir. Te cobro la certeza de que todo este tiempo me equivoqué de hambre, de que si pasaste por mi vida no te supe ver a tiempo, o de que tal vez no es esta vida la vida para hallarte. Preguntas y declaraciones sin sentido, que ha sido dulce desoír mientras no ha faltado el abrazo caluroso de algún cuerpo disponible, mientras he creído adivinarte entre sábanas manchadas, en besos frenéticos y en caricias hirientes. Mi hambre me devora y siento estar quedando vacío, reseco y agónico tan sólo al pensar que no era este el tiempo de hallarte y sentir al fin, mierda, de una buena vez que podíamos calzar. Piezas extraviadas de un rompecabezas de sensualidades, sexualidades, diálogos y juegos. Deseo tener la oportunidad de hallarte alguna vez y decirte lo mucho que te hubiese amado si hubiéramos existido en el mismo universo, en la misma cama, en el mismo tiempo. Mi cuerpo desnudo no desea ahora la sagrada cabalgata, desea lo que debiera haber sido antes y después: una tierna conversación de almas que buscan consuelo, perdón, reconocimiento, comedia y placer.
Te escribo esto porque tengo miedo de nunca haber llegado a conocerte y de haber estafado a todas las mujeres que me amaron o desearon. Te escribo porque estoy extraviado y no quiero ya mirar más el mapa, ni el horizonte, ni mis recuerdos. Duelen.
Te escribo esto porque tengo miedo de nunca haber llegado a conocerte y de haber estafado a todas las mujeres que me amaron o desearon. Te escribo porque estoy extraviado y no quiero ya mirar más el mapa, ni el horizonte, ni mis recuerdos. Duelen.

